La ciencia ha venido siendo reconocida, bien por la adminstración, bien por el mercado.
Para las ciencias sociales estos reconocimientos están siendo tardíos e incompletos. Primar criterios humanísticos, históricos o institucionales va en contra de la producción, el interés o incluso la urgencia para determinadas áreas sociales emergentes. Antes de que terminen, los mapas y catálogos quedan como paisajes de un pasado que pudo ser.
La ciencia se está haciendo de modo más social. Y las ciencias sociales aún más. Pero por vías alternativas superadoras de los canales y frenos que quieren garantizar el control más que conocer sus inclinaciones.
El conocimiento compartido, la inteligencia colectiva existe. Sólo se desconoce cuando se mira con vista cansada por instrumentos de otro tiempo. Es coherente, colaborativa, pero no tiene prontuarios para la gestion en el corto plazo, ni autoridades de obligada reverencia. El reconocimiento de la ciencia consiste en que sea conocida y distribuida, lo siento si pierde algo de encanto el mito romántico del alma mater o la memoria de los clásicos. Pero ellos entienden mejor que nadie la infiltración social de la cultura. Mucho mejor que las instituciones-administraciones culturales y los productores de contenidos en serie focalizados por unos pocos.
Las redes superan nuestras simplificaciones estructurales y estadísticas de la sociedad. Es otra cosa, maestro. Muchas de estas asociaciones digitales no tienen afán de eternidad. No obedecen a una logica monista, a una necesidad categórica. El reto para el aprendizaje no es el analfabetismo digital. Es peor la certeza de la calidad científica alcanzada e institucionalmente reconocida. Esta brecha de experiencia y conocimiento digital lleva al enfrentamiento, porque el enfermo niega su mal y el maestro no sabe que lo es.


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