A veces hablamos de ciencia de la comunicación como base para un posible control de sus efectos, como conjunto de conocimientos que transmitir a los que se forman. Sin embargo, la interpretación de la comunicación y la educación de comunicadores carecen de plantillas, de fórmulas repetibles. La historia de casos y experiencias sólo puede tomarse como ilustrativa subrayando los cambios en las variables de cada caso. Teóricos y educadores vivimos de la experiencia, y sobre todo de las más llamativas, pero tanto la reflexión, como la formación en comunicación, deben abstraerse de las circunstancias para aportar conocimiento.
Este es unos de los latres del funcionalismo. Se repiten quizá demasiado estrategias, objetivos, planes, agendas... Como si el fin de la información terminara en el posicionamiento conseguido en los medios y en el resto del ecosistema de la conversación social.

El funcionalismo aporta cierto sentido sistémico y algunos modelos lógicos.
Algo que hay que reconocerle ya que supera la experiencia pura, el ensayo-error de pragmatismo empresarial, fácilmente sujeto a la tiranía de las audiencias, al impacto aparente de un alto volumen de tráfico.
Hay otro sentido de pragmática en comunicación, de uso e interpretación de la información, que trasciende el modelo teórico del funcionalismo con variables diversas.

Los públicos, la acción de la gente con la información es interpretativa. Y los criterios de interpretación proceden de la experiencia decodificadora, pero también depende del saber compartido con su red de contactos, de la tradición cultural en la que vive y define su estilo de vida, así como en los valores emergentes, más o menos globales o justificados, que organizan los criterios y variables de interpretación de los mensajes informativos.

En la audiencia no termina la comunicación. La ciencia global o total de la comunicación se regionaliza según unos públicos, colectivos o comunidades, cada vez más fragmentarios, plurales, heterogéneos, desde

  • las competencias y destrezas individuales,
  • el conocimiento activo compartido en el día a día profesional,
  • la cultura local viva o revitalizada, y,
  • los valores más generales que integran cada público en los parámetros contemporáneos de ciudadanía.