Uno de los problemas más serios que encontramos en la formación doctoral es la falta de capital humanístico, y en concreto filosófico, en los jóvenes investigadores. Los programas de doctorado incluyen, casi por decreto, cursos de metodología de investigación, al menos de técnicas investigadoras habituales en una disciplina. No son tan frecuentes los cursos de doctorado que repasen al abanico de escuelas y teorías de una ciencia. Y eso que muchos modelos metodológicos son depuraciones teóricas.
Los que casi no existen en ningún programa de doctorado son las introducciones generales al pensamiento filosófico que pueden dar más fundamento a la formación epistemológica.
A pesar de la especialización en los mapas de cursos doctorales, en los jóvenes investigadores aparecen textos y autores clásicos como momentos claves en su aprendizaje. En la última década he notado mayor afinidad con el pensamiento crítico y con postmodernos. El problema de una formación excesivamente crítica, o relativista a ultranza, es que dificulta la continuidad de los trabajos doctorales que se inician. En mi opinión, falta formación en las doctrinas precedentes. Con una perspectiva histórica se entiende mejor el criticismo o el postmodernismo, sin tener porque instalar al doctorando en el escepticismo.
Mientras no se tomen medidas correctoras de estos fallos en la formación epistemológica, una de las más importantes en el doctorado, la labor tutorial y de orientación de los directores de tesis y tutores de doctorandos debe suplir con dedicación (horas) y formación personalizada. Es una tarea no reconocida y poco brillante, pero la considero inevitable para que los objetivos numéricos que se proponen los gobernantes educativos supongan realmente un impulso de investigación y de innovación.